AÑO 2.009

 

EDICIÓN DIGITAL


REVISTA Nº 5.     AÑO 2009

LA ASOCIACIÓN

LA CULTURA Y EL VOLUNTARIADO

ACTIVIDADES DE LA ASOCIACIÓN

DE LO NUESTRO

HACER DE TORO LA BARCELONA DE CASTILLA. ACERCA DE LAS PROHIBICIONES DEL CARNAVAL EN TORO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII

IGLESIA-MUSEO DE SAN SEBASTIÁN DE LOS CABALLEROS

PRIMEROS RECUERDOS DE TORO

DE LO DE TODOS

 FIGURA Y GENIO DE ROCINANTE
LAS GUERRAS DE LOS ROMANOS CONTRA LOS SAMNITAS (I).
MITOGRAFÍA COMPARADA: LOS ORÍGENES DE ROMA
LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS O LA IMPOSIBLE ASIMILACIÓN SOCIAL Y CULTURAL DE UNA MINORÍA
UNA BUENA LEY
FLAMENCO. ENTRE LA TRADICIÓN Y LA RENOVACIÓN

EL RINCÓN DE LA LITERATURA

EL MUNDO COMPLEJO DEL VINO
EL OCASO DE UN TRABAJO
ILUSO SUEÑO
EL RINCÓN DE LA FOTOGRAFÍA
EL RÍO, EL AGUA, LA VIDA

HACER DE TORO LA BARCELONA DE CASTILLA

ACERCA DE LAS PROHIBICIONES DEL CARNAVAL EN TORO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII

 

                                                                                              Bernardo Calvo Brioso

 

            “Señor: En obediencia de lo que Vuestra Ilustrísima se sirve mandarme, debo informar que las Máscaras que acostumbran en esta ciudad [Toro] se reducen a que quince o veinte días antes de Carnestolendas, suelen juntarse cuatro, seis o más personas después de anochecido, se van a alguna casa en que discurren pueden gustar de diversión y entran diciendo que hay máscara, les tocan algún instrumento y bailan, y pasan así la noche. Con este motivo, en las casas que gustan de esta diversión tienen algún instrumento y puerta abierta, para que, oyéndola, las máscaras entren las noches siguientes. Y son tantas las casas en que hacen esto que no queda caballero, mercader y oficiales de otras facultades que tienen mediano pasar que no estén con la disposición de recibirlas. Y esto continúa todas las noches hasta la última de Carnaval, pero con más concurrencias las noches de días festivos y los jueves que llaman de compadres y comadres y la mayor confusión en las tres noches últimas. Es tal el desorden en éstas que no suele quedar mujer casada ni soltera que no se disfrace y corra cuantas casas las admiten, sin distinción de gentes, porque lo mismo se disfrazan las personas de primera distinción que todas las demás clases, hasta los pobres labradores más infelices. Los disfraces suelen ser muy ridículos, porque, a excepción de caballeros, mercaderes y oficiales de algún regimiento que haya a la sazón, que éstos llevan sus caretas, los demás, y especialmente mujeres, cubren el rostro con alguna redecilla o lienzo, y suelen las labradoras o gente común buscar vestidos de señoras y éstas vestir de labradoras. Y si al mismo tiempo concurren muchas máscaras en una casa es tal la confusión que unos piden les toquen fandango, otros minuet, otros contradanza; y ni hay diversión ni orden. Los inconvenientes son que las mujeres suelen vestir de hombres y éstos de mujeres; que las mujeres casadas (prescindiendo de otros siniestros fines) por sola la curiosidad, salen contra el gusto de sus maridos, de que resulta la falta de paz entre ellos; las solteras sin el consentimiento de sus padres, y faltándoles a la obediencia y lo mismo con muchos hijos, y casados contra el gusto de sus mujeres. En mi tiempo no ha sucedido muerte, pero raro es el año que no haya cuchilladas, o golpes de garrote, arma de que usan los labradores. Y aunque tengo noticia de algunos casos particulares, es sólo por oídas, porque los mismos heridos, por ocultar sus excesos, no dan queja ni se hace judicial […]”.

            Este documento es, cronológicamente, el primero de una serie de ellos, conservados en la Secretaría de Cámara del Obispado de Zamora, referentes a las actuaciones de los prelados zamoranos en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX tendentes a erradicar la celebración de los Carnavales en toda la provincia y especialmente en Toro y, en menor medida, en Zamora. Se trata del informe que D. Manuel de Arana, sacerdote de Toro, el día 30 de diciembre de 1768, dirige al obispo de Zamora, D. Antonio Jorge Galván, a petición de éste.

 

 
 
El texto hay que inscribirlo dentro de una época en que los Carnavales eran sucesivamente prohibidos por leyes y consentidos por la práctica, hasta tal punto que entre 1721 y 1773 hay cerca de cuarenta leyes prohibiendo la celebración de los Carnavales, juntamente con períodos en los que se relajaba la norma. Por ello, se habla de la celebración de estas mascaradas en casas y no en la calle pública. Vemos por el texto que toda persona pudiente celebraba en sus casas bailes de máscaras y en las que era bienvenido todo el que quisiera entrar, con una subversión total de los papeles representados, excepto en el tema de la máscara, en el que los adinerados usaban caretas y los labradores lo primero que encontraban. Así mismo, el texto nos habla de una amplitud de la celebración del Carnaval en el tiempo, aunque los días fuertes son los habituales actualmente, desde el Domingo Gordo al Martes de Carnaval.
            El asunto debía preocupar tanto al Obispo de Zamora que al día siguiente, 31 de diciembre, dirige una carta al Conde de Aranda, D. Pedro Pablo Abarca de Bolea, reformista ilustrado y por esos años ejerciendo como Presidente del Consejo de Castilla, durante el reinado de Carlos III; por tanto, la persona más influyente del reino. Con gran habilidad política, el Obispo enfoca el asunto dentro de ese espíritu de la razón y del control, tan afecto a los ilustrados. Por ello, comienza su carta diciendo: “Las sabias ideas, con que el Gobierno procura el debido orden, aun en las diversiones del Pueblo, me hace creer no quiere las que sean sin método y con desorden, y en esta confianza participo a Vuestra Excelencia que en la ciudad de Toro …”, para proseguir con la relación fiel de los hechos que a él le han transmitido, pero siempre insertando esas cuñas racionalistas y del orden: “con el disfraz a su antojo”; “a bailar sin sujeción de Justicia”; “como que el número mayor del Pueblo son labradores y el disfraz de éstos indecente”. Todo ello para pedirle a Aranda que “se digne mandar a la Justicia de aquel Pueblo las prohíba, con severo bando al menor interín no estén ordenadas en un solo paraje bajo las reglas y método que la Corte da para las suyas”. En este caso, reconoce el prelado que en la Corte se celebraban los Carnavales (a pesar de que la Ley los prohibía), pero regulados ya era otra cosa.
            El Conde de Aranda no tarda en responderle al prelado de Zamora, el 4 de enero de 1769, en los términos requeridos: “doy orden con esta fecha al Alcalde mayor para que no las permita [las funciones de máscaras], y publique bando prohibiéndolas, tanto en este año como en los sucesivos”.
            No sabemos si hizo mucho efecto ese bando en los años inmediatos al de su promulgación, pero el Obispo de Zamora no cesó en buscar remedio espiritual a los excesos del Carnaval y creía haberlo hallado: “La eficacia del medio para contener los excesos de las Carnestolendas en la exposición del Santísimo Sacramento …”. Esto le llevó a solicitar y conseguir indulgencia plenaria para los que “contritos, confesados y comulgados” visitaren las iglesias en esos días y otros, “cuya indulgencia por edicto he mandado publicar en esta ciudad y la de Toro …”, dice en carta de 2 de febrero de 1773 dirigida al arcipreste de Villadepera.
            Hemos de esperar al año 1781 para ver que no se ha conseguido mucho ni con leyes ni con indulgencias a la hora de erradicar “los excesos” del Carnaval en Toro. Los protagonistas van a ser ahora el Corregidor de la ciudad, Josef Yuste, hombre enfermo y que va a morir al año siguiente, y el entonces obispo zamorano D. Manuel Ferrer y Figueredo. Es precisamente éste el que se dirige al regidor toresano el 20 de marzo de 1781 para echarle en cara que, a pesar del “celo, cuidado y vigilancia con que mandó [el Corregidor] que los vecinos de esa Ciudad cumplieran como es justo las Reales Órdenes de su Majestad prohibiendo enteramente las máscaras, han sido tantos, tan grandes y públicos los excesos, desórdenes y contravenencias que no se pueden oír sin escándalo, ni ocultar aun fuera de esa Ciudad […]”. Por ello, culpa de “negligencia, malicia o descuido a los ministros o personas a quien haya encargado la observancia de sus justas providencias y que le han debido dar cuenta de su transgresión […]”. Por ello, le pide que, como Corregidor, en lo sucesivo tome otras medidas más oportunas para abolir el uso de máscaras, porque, si él no puede, se encargará de recurrir al rey.
            El bueno del Corregidor, en carta de 26 de marzo de 1781, se excusa ante el obispo zamorano, alegando que, por su parte, ha cumplido lo que mandaba la legislación. Por una parte, publicando “con todas las solemnidades” un bando prohibiendo el uso de máscaras y advirtiendo las penas en que incurrirían los infractores; por otra, haciendo salir todas las noches hasta finalizado el Carnaval una “Ronda”, formada por su Teniente (dado que él estaba enfermo), un sobrino suyo, el Alguacil mayor con los demás del Juzgado, varios “Ochaveros” o alcaldes de barrio y el Escribano de mes, con orden de llevar a la cárcel a los que vieran con máscaras y no vieron ninguna hasta la una de la noche, en que terminaron la ronda.  Reconoce, no obstante, que en varias casas hubo bailes, incluso que lo invitaron a él (aunque no acudió por su enfermedad), pero que la diversión fue “en modo y sin escándalo”. Cae, sin embargo, en una contradicción cuando asegura que “los dueños de las casas no permitieron entrasen a sus respectivos bailes a los que fuesen de máscara, que fueron pocos sin quitarse la mascarilla”. Luego, sí hubo gente con máscaras. Reconoce también que por las calles hubo grupos tocando “guitarras y algún violín en tono festivo, pero no perjudicial, y sin llevar los rostros cubiertos con mascarilla”, pero le aconsejaron que no los prendiera, “porque siendo tantos podía resultar una conmoción popular, que diese que sentir”.  Luego, también había jolgorio popular por las calles, aunque él cree “que tienen mucho de exageración los abultados escándalos de que han dado cuenta a Vuestra Señoría”. No obstante, para evitarlos en lo sucesivo, recurrirá a solicitar de los superiores medidas más eficaces para extinguir las mascaradas en los Carnavales, para “que no sea Toro la Barcelona de Castilla, ya que las demás ciudades de ella, según tengo entendido, están libres de tan pecaminosa diversión”, es decir, que, popularmente, se consideraba Barcelona en aquellos años algo así como Gomorra y Sodoma juntas y había que impedir que Toro la emulara en Castilla.
            Le contesta el obispo D. Manuel Ferrer amablemente el día 29 de marzo de 1781, agradeciéndole todo lo que él había hecho para evitar esos escándalos, insiste en el poco celo de los encargados de la vigilancia y se preocupa por el estado de salud del Corregidor toresano. La última noticia que tenemos de éste es la contestación al obispo, en abril del mismo año, en la que se ratifica en la fidelidad de sus hombres y en su actuación, al tiempo que agradece el interés del prelado por su salud.

Cuadro de texto: Carnavales toresanos en la Plaza de toros en el siglo XX.
Fotografía de María de los Ángeles Martín Ferrero

 

Cuadro de texto: Carnavales toresanos en la Plaza de toros en el siglo XX.
Fotografía de María de los Ángeles Martín Ferrero

 

 

 

 

 

 

 

 

            En carta de 28 de enero de 1783 dirigida a Jerónimo Manzano, Bernardo Samaniego  indica la estima tenida al anterior Corregidor, “ya fallecido” y le pide que, para evitar lo que ocurrió en el carnaval de 1781 y cumplir lo mandado por el rey, vaya poniendo los medios, pues ha “oído piensan ya en esa diversión algunas personas”.

Esta información le viene dada por sacerdotes de Toro, como sucede con la carta enviada por D. Francisco Ruiz al obispo de Zamora el 31 de enero de 1783: “me consta salen de noche algunos disfraces o máscaras a deshora y lo más sensible me es ser mujeres algunas, y considerando que, si esto es ahora, puede en tiempo de Carnestolendas llegar a mucho desorden”. Y le llama la atención que esto suceda en un tiempo de grave crisis económica y social: “Me admiro de saber estas cosas viendo el pueblo que está en una pura infelicidad o miseria”.

Así que el obispo D. Manuel Ferrer, al día siguiente, vuelve a dirigirse al nuevo Corregidor de Toro, Pedro López Cañedo, para que tome medidas con el fin de evitar las mascaradas. El Corregidor le contesta el 3 de febrero alegando que ya ha publicado bandos prohibiéndolas, y que, con su Teniente, van a estrechar aún más las providencias “ya por cumplir con la obligación de su empleo, como por obedecer los preceptos de Vuestra Ilustrísima”. Lo que también le ratifica que hará Bernardo Samaniego en otra carta también del 3 de febrero, “haciendo se echen bandos con la solemnidad de tambores y también la de hacer las rondas correspondientes”.

Si se mitigaron los excesos de los Carnavales fue por poco tiempo, pues el 12 de enero de 1788, el nuevo corregidor de Toro, Diego Faustino Rodríguez, dirige una carta al Conde de  Campomanes, Gobernador del Consejo de Castilla, en la que le cuenta su fracaso en la lucha por acabar con los Carnavales en Toro: “En los dos años que he tenido el honor de servir este Corregimiento, he procurado con todo desvelo desterrar el abuso mal permitido que había en esta ciudad de andar disfrazados y enmascarados por las calles a todas las horas del día y de la noche muchos sujetos de ambos sexos, […] y he podido lograr que los ciudadanos obedientes a mis providencias hayan cesado en sus desenvolturas, a excepción de algunos otros, que, unos a la sombra de militares y otros a la de ricos y pudientes y de empleos distinguidos, no se han contenido en usar y que se use en sus casas de semejantes disfraces tan perjudiciales, que a título de máscara profieren proposiciones nada decorosas y toman ocasión para sonrojar a cualquiera …”.  Por ello le pide que le comunique “la orden que sea de su mayor agrado […] que hará temer a los que con tanto abandono han permitido en sus casas tales disfraces y a los que han usado de ellos”.  Y quince días después, le dice en carta al obispo de Zamora, D. Antonio Piñuela, lo que él está haciendo por erradicar el Carnaval, así como el recurso al Conde de Campomanes.

Tampoco surtió efecto, pues el 4 de febrero de 1792, el nuevo Corregidor de Toro, D. Juan Bautista Font, contesta a una carta anterior de D. Antonio Piñuela, en la que éste pedía más medidas para prevenir los excesos del Carnaval que se aproximaba y no ocurriera lo del año anterior. Juan Bautista se defiende que él echó bandos y edictos con amenazas y ordenó que hubiera rondas, pero concluye: “El quitar la diversión de bailes honestos en las casas en las tres noches de Carnaval, lo tengo por sumamente dificultoso y expuesto, porque me acuerdo que en el año anterior los hubo en casa del Señor Intendente [máxima autoridad en Toro; en ese año D. Manuel Bocalán Manrique de Lara] y en otras de  distinción, bien que me parece no se permitió entrar máscara alguna a bailar, noticioso de mi bando publicado y, si lo consintió, que lo ignoré, no debo aprobarlo…” Ya dijo todo: era sumamente dificultoso y expuesto meterse con quienes podían hundir su carrera y tenían más poder que él.

Ante esto debió de renunciar el Sr. Obispo a partir nuevas lanzas, pues no constan más instancias suyas. Será el 26 de enero de 1807 cuando veamos a un nuevo obispo, D. Joaquín Carrillo Mayoral, dirigirse a D. Francisco de Orcasitas, en Valladolid, clamando contra los “escándalos” del Carnaval de Toro y de los juegos de suerte en la feria de Botijero de Zamora y rogándole que dé ordenes que acaben con esta situación: “Yo imploro humildemente su protección, pidiéndole que dé ordenes más estrechas, a fin de que se evite el mal y se cumplan las Reales intenciones desterrando tales abusos…”. Y Orcasitas el 1 de febrero le contesta diciéndole que ya le ha dado esas órdenes al Corregidor de Toro.

Más valía que el obispo Carrillo hubiera hecho caso al subdiácono de Toro, Anselmo de Isla, cuando en carta de 31 de diciembre de 1805, después de contarle todo lo que se había hecho por acabar con el Carnaval en Toro, incluso meter a muchos en la cárcel (lo que ocasionaba más disturbios), concluye que era mejor tolerarlos que suprimirlos.

Porque los Carnavales siguieron y siguen.