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FLAMENCO. ENTRE LA TRADICIÓN Y LA RENOVACIÓN
José Ignacio Primo Martínez
Es difícil decir algo nuevo sobre el flamenco en una época donde se tiende a universalizar y trivializar todo. No cabe duda que el espacio vital del flamenco se produce por la concurrencia de una pluralidad de factores de tan diversa índole como la historia, la economía, la religión, la política, la raza… El flamenco está formado en definitiva por una amalgama de elementos y resulta complicado hacer un análisis simplificador sin penetrar en su complejo mundo.
Sin embargo, se produce un elemento extraño, la presencia del pueblo gitano, que se identifica con Andalucía y sus cantes hasta hacerlos suyos. Con esta fusión se inicia la andadura del flamenco como arte verdaderamente trascendente. A lo largo de su historia ha sufrido numerosos episodios hasta llegar a nuestros días, época marcada por la desaparición de las grandes figuras del flamenco, lo que provoca un vacío y un intento de recuperar nuevas formas. Uno de los problemas más graves que plantea el conocimiento del flamenco es el de su evolución. Como arte es algo vivo, la evolución es señal innegable de su propia vida. Sin embargo, considero que establecer pautas sobre su evolución es problema delicado, siempre deberemos respetar sus orígenes y por tanto respetar ciertos cauces sin abandonar las técnicas tradicionales que conforman la identidad del flamenco. La cuestión está en acertar a coordinar tradición y renovación, espíritu conservador e impulsos de rebeldía, lo viejo y lo nuevo, lo hecho y lo por hacer. Casi nada…
De todo ello, nadie se encuentra más lejos que los
nuevos grupos que la publicidad ha dado en denominar jóvenes flamencos.
Han roto con la tradición, la solera y hasta con la cuadratura del cante
para quedarse en ritmos superficiales, facilones y pegadizos que se
acercan más a la parafernalia publicitaria que a la propia raíz. Y así
no se va a ninguna parte. Es necesario volver a la cordura y no dejar
que el dinero sea el que mueva únicamente los hilos del flamenco. Ni
tampoco hay que dejarse llevar por una interpretación estricta,
esencialmente purista e inmovilista, porque correríamos el riesgo de
caer en errores pasados. Hoy critican los que mantienen tesis más
comerciales a Ricardo Molina y a Antonio Mairena por poseer un concepto
inmovilista del flamenco. Comprendo que ambos se equivocaron en algunas
apreciaciones, aunque otras continúan siendo válidas, pero hay que
reconocer que partían de informaciones orales algunas difícilmente
contrastables. Hoy la prensa virtual, internet y la exhaustiva edición
y reedición de libros y monografías nos están proporcionando una
cantidad
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